Idealización y mundo

Quiero dejar aquí esto que un día escribí a Revolucionario Escarlata:

Márchate porque no quieras tú ya seguir en esto, no por la aceptación –o no que puedas tener de otros seres. Tú o cualquiera estamos sujetos a la desaprobación de terceros y esto es particularmente cierto cuando no se está en sintonía con el pensamiento que campea entre las mayorías. Por otra parte, marcharte por considerar que tu labor no es ya útil es sólo tomar en consideración una percepción parcial que tienes de ese hecho. Hay muchas personas en quienes tu labor fructifica. Hace una semana, por ejemplo, cuando comenzó la invasión a Libia, tuve que reunirme con unas amigas, fui con ellas a condición de que me prestaran una máquina para ir siguiendo el asunto. Afortunadamente, no sólo me prestaron la máquina, sino que, por tratarse de esas raras amistades con las que se puede dialogar sobre estos eventos, pude contarles todo el suceso finalizando con una lectura al primer post que dedicaste iniciada la invasión. Yo les leía bastante conmovida y ellas, conmovidas también, pero sobre todo atentas, interesadas. También pienso que más allá de posiciones ideológicas, a muchos de los que confluimos en tu blog nos mueve una lógica común: no aceptamos las injusticias que comete el neoliberalismo en contra de seres vivos y, menos, si pretenden hacérnoslas pasar por bondades o por necesidades o cualquier mafufada. Por otra parte, es verdad que los intelectuales del establishment se han dedicado a desprestigiar la interpretación que hacen de la historia pensadores como Marx o Lenin, pero también es verdad que existimos personas que muy antes de hacerla de corifeo de tales intelectuales nos lanzamos a la tarea de ahondar sobre dicho pensamiento. Fue la curiosidad lo que me llevó a revisar sin intermediarios algunos de los escritos de Marx y percatarme por mí misma que las diatribas contra el pensador no eran sino viles jerigonzas del pensamiento oficialista. De esto ya tiene algún tiempo y ahora que leo tu blog o el de Dizdira surgen renovadas mis ansias y mi necesidad de aprender sobre estos asuntos. Yo tengo mucho por aprender del tema y siento que, de alguna manera, leerte la va haciendo un poco de guía en dicho proceso. Cuando vengo acá, me coloco en disposición de aprendiz: la bronca no es tanto la supina ignorancia, sino negarse a reconocer las ignorancias propias o negarse a reconocer cuánto propendemos al error. En fin que, para mí leerte y encontrar esta bitácora tuya es un bálsamo; es una constatación de que todavía hay personas vivas en este mundo. Con ideas, con sensibilidad. En mi muy personal apreciación, eres un hombre no sólo cultivado e inteligente, sino sensible. Leerte no sólo mueve a pensar, no nada más es un acto intelectivo o didáctico, mueves el piso de mi humanidad cuando te leo. Pues, bueno, a pesar de tener escaso tiempo leyéndote, ya me arrogué –ya ves el derecho a opinar sobre tu decisión y si además te envío un saludo del otro lado del Atlántico casi en tiempo real, es bastante gracias a que contamos con estos blogs y espero que ese sea un hecho (la posibilidad de que tus ideas lleguen a varias partes del mundo en instantes) que consideres antes de optar por la despedida.

Me gustaría hacerlo acompañar por musiquita nueva, pero tendrá que esperar a otra ocasión.

Los tecnócratas

Por Eleutheria Lekona

El fraude electoral de 1988 y el fraude electoral de 2006 están separados por varios sexenios de gobiernos priístas. Estos dos fraudes son resultado de una imposición y se valieron de una importante propaganda en medios para consumarse. El primero de ellos se verifica tras la consumación de la caída del sistema y se consolida con la firma del TLCAN; el segundo de ellos instituye un gobierno de ultraderecha en México cuya misión más alta será adaptar a los dictados de Washington nuestras políticas públicas; en primer lugar, la apertura de nuestros energéticos a la inversión privada y, en segundo, la adhesión de México al perímetro de seguridad marcado por la frontera norte a partir de la firma de los acuerdos ASPAN en Waco, Texas.

Durante cada sexenio de dictadura priísta se apeló a mecanismos no menos dañinos para la imposición, cuyas consecuencias, sin embargo, las considero distintas en grado. Una diferencia fundamental entre aquellos fraudes y el último, radica principalmente en la formación ideológica de los hombres impuestos. En el caso de gobiernos neoliberales, estamos hablando de tecnócratas. Un tecnócrata, a menos que deje de serlo, está irreductiblemente condenado a ser un mal gobernante, un depredador de los recursos de la nación por él gobernada. Por supuesto, no es prerrequisito ser tecnócrata para ser un mal gobernante, pero es casi seguro que un tecnócrata, como se verá más adelante, será un mal gobernante.

¿Qué hace que un tecnócrata sea por definición un mal gobernante? Si nos atenemos a los términos, pronto nos damos cuenta que en la definición misma de su quehacer se nos revelan además sus posibilidades y sus límites. Un tecnócrata es alguien que cree que es posible hacer buen gobierno sirviéndose de la ciencia y la tecnología, de la aplicación de los modelos de la ciencia y de sus descubrimientos a problemas sociales de naturaleza práctica y quienes juzgan la bonhomía de tales soluciones con arreglo a la optimalidad de los métodos y de los modelos así aplicados. Los tecnócratas son educados en las ilimitadas bondades del liberalismo; ellos creen en “la mano invisible del mercado” que todo lo regula, y en la aplicación de la tecnociencia para usos humanos sin ese necesario ajuste que exigiría la adecuación de la teoría a la práctica.

Estos tecnócratas, por ejemplo, son de la idea de que si los indicadores macroeconómicos son buenos, entonces, la cosa va bien. Dejan de lado otro tipo de indicadores (el Índice de Desarrollo Humano, verbigracia) o, simplemente, el contraste con la realidad. Toman previsiones utilizando modelos econométricos como si la realidad —magia— se adecuara a las teorías y no las teorías a la realidad. Y pueden, como de hecho sucede, contar con los mejores economistas y diseñar los modelos más perfectos para describir la realidad, lo cual no servirá de nada si, como también sucede, la realidad no fuera afectada o modificada de facto por dichos modelos cuando se simplifica. Nada más pensar en todas las “capas de la realidad” que un modelo atraviesa antes de su aplicación y viceversa.

Un modelo econométrico o contable, por ejemplo, podría decirnos si hace falta dinero a causa de un desfalco, pero no podría decirnos quiénes son los autores de ese desfalco ni sus motivaciones. Tampoco puede educar a la gente para que no robe ni abuse de su poder y de sus privilegios de funcionario. Si bien en ese sentido ese modelo constituye un avance en sí mismo, ese modelo es al mismo tiempo relativo al marco de aplicación en el que fue creado y, por ende, limitado.

La ciencia aplicada a los problemas sociales es de gran ayuda en el camino a la resolución de tales problemas, pero está lejos de ser la solución a los mismos ya que existen amplios segmentos de realidad y distintos fenómenos a los que ningún modelo puede abstraer. Existen causas que escapan a toda compensión científica y que eluden su modelado. Una de ellas es la avaricia, otra es la voluntad de poder y, generalmente, ambos fenómenos son el motor que impulsa a los hombres a competir entre sí y a la lucha por un lugar en la escala social. Los tecnócratas aplican una concepción tecnocientífica de la política a los problemas humanos, pero los tecnócratas son tan humanos como cualquier persona y no los mueve algo fundamentalmente distinto que lo que nos mueve al resto de los humanos a nuestras relaciones políticas.

Este argumento sería falaz, por cierto, si pretendiera con él invalidar la objetividad científica de un químico o de un físico por el simple hecho de ser ellos mismos humanos, pero no lo es porque, en primer lugar, claramente no invalida tal objetividad ni es lo que deseo establecer y, en segundo, solo quiero destacar que la especificidad de los fenómenos sociológicos impide que la relación que un tecnócrata tiene con la política pueda identificarse con la relación que sostiene un químico con sus cristales, por ejemplo.

Por la ideología en la que son educados, los tecnócratas raramente antepondrán las necesidades de la población a las necesidades de la ciencia y del avance tecnológico, y es necesario reconocer que si priorizan el avance tecnológico de esta manera se debe a que este último constituye el núcleo estamental de la economía mundo capitalista. Esta economía está supeditada tanto a la explotación de recursos en una empresa de eminente carácter colonialista como a los descubrimientos científicos y a las tecnologías de punta que abren ciclos de renovación económica para el capital. Los tecnócratas están condenados a ser malos gobernantes porque el programa de gobierno que sostienen es un programa en sí mismo nocivo para las poblaciones.

No digo que sea un prerrequisito ser un tecnócrata para ser un mal gobernante, ha habido pésimos gobernantes sin ser tecnócratas. Lo que digo es que un tecnócrata ha sido educado para ser un mal gobernante. No puede ser de otra forma con alguien a quien se le ha adoctrinado en las ilimitadas bondades del libre mercado y la aplicación de la tecnociencia para usos humanos sin mediatizar en las respectivas consecuencias. Por otra parte, creo que hay, por lo menos, dos tipos de tecnócratas. Los que de veras creen en sus teorías y que, sin embargo, por ser personas de principios, educadas a pesar de todo en una cierta tradición, entonces, de constatar las iniquidades que infligen a las personas, sencillamente ellos mismos renunciarían a su ideario. Sería inclusive posible hablar de tecnócratas remisos, como en el caso de Manuel Bartlett. En cambio, me cuesta trabajo concebir un escenario en donde sea posible pensar que un tecnócrata gobierne bien, sin dañar a la población, o sin beneficar a un grupo selecto de hombres aun si para ello debiesen ser oprimidos otros. Los tecnócatas mismos son parte de la oligarquía a la que ellos favorecen.

Existen, por lo menos, dos tipos de tecnócratas.

Primer tipo. El tecnócrata que buenamente asistió a Harvard o college del estilo, que con ahínco se refinó todas las teorías que le prescribían, que incluso aplicaba la crítica durante sus lecturas, pero que, divorciado como está de la realidad de los más pobres, pocos datos objetivos posee a fin de constatar que tales teorías por muy deductivamente presentadas que estén no sirven. Soy de la idea de que estos tecnócratas, de constatar lo nocivo de la aplicación de dichos planteamientos, ellos mismos abandonarían tales ideas y dejarían de ser tecnócratas porque se trata, además, de tecnócratas con principios. Este tipo de tecnócratas es subconjunto de un tipo más general de humanos y probablemente se trate de un subconjunto escaso.

Segundo tipo. El tecnócrata al que habiéndosele inculcado o no inculcado buenos principios —podríamos especular sobre el asunto pero no me parece útil por ahora—, tuvo por alguna razón la oportunidad de comprobar que las tesis neoliberales no sólo no funcionan sino que agudizan las privaciones a las que muchos humanos ya desde antes del neoliberalismo eran sometidos o, en el otro caso, comprobar que tales tesis aumentan las filas de los pobres y las privaciones. Estos tecnócratas, sin embargo, terminan convirtiéndose en personeros del modelo pues se trata, seguramente, de tecnócratas que ocupan altos cargos en los puestos de gobierno y son, en consecuencia, target de grandes beneficios al aplicar puntualmente las recetas neoliberales, es decir, las consabidas reformas estructurales y disciplinas fiscales con las que los organismos multinacionales presionan a distintas naciones del mundo en sus relaciones económicas. Estos tecnócratas son, simplemente, humanos corrompidos por la riqueza o la ambición. Este tipo de tecnócratas es subconjunto de un tipo más general de humanos y probablmente se trate de un subconjunto más denso.

El Neoliberalismo no nació solo, requirió de humanos para su aplicación. Los problemas que padecemos son, esencialmente, problemas de naturaleza moral, de lo que como humanos somos potencialmente capaces de hacer y ser. Concediendo inclusive que nuestra moral sea resultado de nuestras fuerzas productivas —como quería Marx— y que en esa superestructura, como cultura, se exprese también nuestra mala conciencia.

De esta última aseveración me nace pesimista una certeza y me nace —optimista— una confianza.

La certeza.

Sabiendo que no es posible ni deseable unificar el criterio moral de todos los humanos y que cada humano en uso de su libertad y determinado en gran medida por sus circunstancias sin que esto último tenga que ser una fatalidad, resulta utópico pensar, a más de autoritario, que por consenso resolveremos nuestros problemas morales y, de refilón, el problema de cuáles sistemas económicos sí aplicar y cuáles no. Si nos cargamos hacia el socialismo o hacia el capitalismo, por caso.

La confianza.

El humano es inteligente, adaptable y capaz de aprender por sí mismo. En algún momento del devenir humano, y como lección, el humano mismo buscará la elaboración e implementación de alternativas de vida menos inicuas. De hecho, si volteamos a nuestro alrededor, podemos ver que el humano ha comenzado ya a buscar dichas alternativas. El humano no será tan tonto como para lanzarse él solo al barranco. El humano tendrá que advertir lo urgente de rectificar el modelo y, más precisamente, de desecharlo. Lastimeramente, este aprendizaje (la estupidez inherente a la especie) ha llevado por coste el sufrimiento de muchísima gente.

Y sí, soy de las que desea que un día la ciencia resuelva buena parte de nuestros problemas. Soy de las que un día quiere refutar a Freud y sus previsiones más pesimistas.

NOTA

[1] Una parte importante de este artículo lo redacté el 4 de abril de 2011 como parte de un comentario a un post en mi blog, La ciudad de Eleutheria. El post se intitula Cuando la poesía deja de existir. El resto del artículo lo escribí ex profeso para presentarlo bajo el título Los tecnócratas.

Rebelión, 31 de marzo de 2016

Las cimas del pensamiento estéril

Mi poesía es cada vez más un torrente de racionalidad, de teoretismo, de abstracción filosófica. A quien se quedó con mi poesía —para eyectarme a las regiones del pensamiento estéril—, ¿qué debo decirle? ¿Gracias?
 
14 de octubre de 2013 en Je Suis Eleutheria.

La duda razonable

Lo que pasa es que algunas de las afirmaciones en el artículo de ese sitio, están basados en hechos aún por confirmarse, si bien hay también referencia a leyes y saberes científicos más o menos aceptados ya por la comunidad científica. Es decir, estatuidos como «ciencia», libres de toda duda razonable.

Lo de la «duda razonable» es, por otra parte, candidato a unas objeciones que merecerían una discusión aparte, etcétera.

O cientificista.

Comentario a Plasmas, entropía, orden y caos. (1)


15 de mayo de 2013, Je Suis Eleutheria

A El Arte

REFORMULO. En el estremecimiento detonador del objeto artístico quepa reconocer alguna dimensión metafísica; no así en el objeto.
 
Tuit aquí

El concierto de Elgar en la interpretación de Sol Gabetta





16 de noviembre de 2012, aquí.

Los formalismos

Para mí, la interpretación del mundo en general. No la poesía en particular, ni el arte, ni las ideas. Es decir, sí la poesía, y el arte, y las ideas, y la música y las ciencias duras y los formalismos. Primer lugar los formalismos. Yo sí.

Los formalismos, miércoles, 3 de octubre de 2012 en Je Suis Eleutheria

El Pensamiento político de la derecha de Simone de Beauvoir

Pues terminé de leer El Pensamiento Político de la Derecha de Simone de Beauvoir. Sacié un poco mi frenesí ensayístico y robustecí otro tanto mi pensamiento político.

En mi opinión, incurre en un par de conclusiones que deshonran a la inclusión lógica. Fuera de allí, vuelve a ser una maravilla leerla, pero ya en toda su vertiente ideológica, con todo el aparato de su pensar filosófico que, sin llegar a sistema, no deja de ser de hermosa lucidez.

Lo que más me fascinó del planteamiento en el texto es que, sin tildar explícitamente de postmodernos a los pensadores que caen bajo su lente, sin duda se refiere a ellos. Siempre es grato encontrar confirmaciones del propio pensar en otras mentes: sentir que no vas solo con tus ideas como si fueran solamente imaginaciones.

Finalmente, mi crítica a la postmodernidad no es indiscriminada y este texto me ayudó a ratificar este hecho; entre otras cosas, porque tuve ciertas discrepancias con la autora.


19 de enero de 2013, Eleutheria L.

La descripción de paisajes

Querría poder escribir el cuaderno de viajes de José Vasconcelos. Uno de sus cuadernos más entrañables. A veces imagino que Eleutheria quedara convertida en un repositorio de mis viajes, que en lugar de pergeñar ensayos filosóficos con tediosas abstracciones, me limitase a solamente retratar la viveza del paisaje.

Pero qué difícil es describir los lugares, traducir las sensaciones que te produce un paisaje a través de su narración. No hay palabras para describir cómo palpita la naturaleza dentro de nosotros. Ni tampoco para hablar del artificio, de las invenciones humanas y sus geometrías de concreto.

Quizá por eso me dedico últimamente a la fotografía; dejar que ella hable sola, que diga lo que tenga qué decir.

No, no querría escribir ese cuaderno. Por eso no fui novelista.

Es más, pretender la descripción es ya un fracaso.

El texto puede terminar de leerse en la Revista Detour a donde fue publicado de manera íntegra.
Mi primer cuadernillo de viajes (Noviembre 2012 - Septiembre 2015). NOTA: El texto está ilustrado con las preciosas imágenes de la artista Dirce Hernández.
No vas a tener democracia a donde no hay igualdad económica. Ante esa disparidad, lo que tienes como resultado son puras democracias formales o nominales. Y una democracia así, además de ser ficticia, corre el peligro (siempre latente) de ser vulnerada. La democracia como la entendemos hoy día es una herencia de la Ilustración, y en ella cristalizan los sueños de igualdad y justicia del hombre moderno. La democracia en ese sentido es un indicador de bienestar social, sí, y por eso es importante. Pero no es ni el único ni el más importante y, en contrapartida, es un indicador a menudo engañoso. ¡Democracia liberal es un oxímoron! Y viviendo, como vivo, en la modernidad capitalista, estoy cierta de que la democracia liberal es por definición la democracia de dicha modernidad: globalizante globalizada, occidental, neoliberal, enquistada en los centro y periferia de este sistema-mundo wallersteiniano.

Intento doconstruir esta categoría política.

Eleutheria Lekona, Marzo de 2014 (en eleutheria.lekona)


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La última tontería

La última tontería que escribo el día de hoy. Cuando leamos una nota o una noticia, indaguemos el origen de la misma. ¿Quién es el emisor? ¿Por qué lo escribió? Refutemos el argumento aun si estuviésemos aparentemente de acuerdo y tratemos a continuación de encontrar la línea lógica entre los hechos narrados y los hechos. Y sobre todo, la lógica entre los hechos en sí, narrados o no.
 
22 de octubre de 2014, aquí.

Notas sobre marxismo

March 14, 2014

No, también habla de comunismo y de dictadura del proletariado. Pero creo que esas son precisamente las ideas más peligrosas del marxismo, pues pueden inducir a dictadura y a totalitarismos. Es un peligro latente para toda sociedad —el de los totalitarismos— con independencia del régimen político adoptado y de la forma de gobierno.

Y aun si la de totalitarismo hubiese sido una maquinación occidental para el propósito de desprestigiar al socialismo soviético, la carga sobre ese término es tan pesada que en este caso sí cabría más resignificarla. Y esta vez sí lo digo literalmente: utilizar un nuevo significante, transignificarla.


Cuando por marxismo se deje de entender comunismo por toda necesidad, seré feliz.


Publicado en este perfil; otras notas sobre marxismo, aquí.

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